17 / Alevosía
- Alma Sánchez

- 28 jun 2019
- 3 Min. de lectura
Has vuelto en forma de recuerdo. Has vuelto a remover el cielo y la tierra y me has dejado en el fondo del abismo. Una vez más. Y sólo tu recuerdo es capaz de hacerme eso. Solo basta un leve suspiro en mi memoria para que todo lo que una vez fue, arrase de nuevo mis cimientos y vuelva a ser un montón de ruinas.
Fuiste verdugo. Fuiste un sentimiento que quemaba constantemente mi ansia. Fuiste ejecutor. Fuiste una esposa de metal anclada a mis muñecas. Una esposa que tuve puesta más de diez años. Y de la que aun guardo marcas de haberlas tenido apretadas, y son de esas marcas que ya no están en la piel. La han traspasado. Y se han marcado a sangre en mis músculos y con el paso del tiempo hasta han erosionado parte de mis huesos. Fuiste la voz del padre que acusa y prejuzga de forma determinista a su propia hija, quien le pintó el mundo de forma angustiosa y le enseñó que los hombres tienen que ser agresivos y voraces con las mujeres. Esa voz, tanto la tuya como la del padre, aun retumban en mis oídos y en mi cabeza. Era aquella voz que apuntaba de la misma manera que un dedo amenazante y acusador y soltaba entre dientes:
“. . . . . .“
También fuiste la voz del hermano menor. El cual se convertía en adulto en contadas ocasiones. El cual delimitaba espacios, definía algunos momentos, diagnosticaba enfermedades psicóticas y psicológicas y formaba discursos para finalmente acusar y denunciar momentos críticos, peleas, situaciones y estados de humor.
Fuiste ejecutor de momentos que mi memoria no podrá olvidar jamás. Algunos se revuelven de manera tan extraña que hasta en mis sueños acabo confusa. Malherida. Dolorida. Y con las manos ensangrentadas. Y no sé cuantas veces me he mirado al espejo y he visto el reflejo que me devolvía; tu mirada tajante, una sonrisa desencajada y malévola y argumentos que me hacían sentir inútil y pequeña. No sé cuantas veces he intentado luchar contra el demonio que dejaste dentro de mi vientre, el cual me consumió, me quemó y me destrozó las entrañas a la velocidad de la luz. No sé cuantas veces habré llorado y habré soltado gritos mudos por las noches. Ni cuantas veces intenté desenmascarme arrancando los jirones de piel de mis dedos. Y ahora, después de tantos años, después de llantos, falsas esperanzas, amores platónicos y otros imposibles vuelvo a recordarte. Vuelvo a tenerte en mis sueños. Han regresado los momentos en los que lo único que quería era correr y huir de tus brazos porque sentía el daño atravesándome por la piel. Eran esos momentos en los que me sentía acorralada y arrinconada y también eran esos otros en los que lloraba abrazada a las sábanas.
Y a pesar de que seas tan sólo un fantasma aun me sigues haciendo daño. A pesar de que ya no estás aquí hay noches que a mi me duelen las marcas. Me duelen los desgarros. Sobre todo cuando cierro los ojos. Y hay noches que tengo miedo de cerrarlos, porque es cuando siento que tu voz y tus gritos secos y cortantes están justo detrás de mi. Siento tus manos apretándome los brazos y el cuello. Siento tu aliento opiáceo desvaneciéndose en mis labios. Siento empujones constantes en el cuerpo. Y siento que la habitación y tú os vais haciendo cada vez más y más grandes y yo me voy haciendo cada vez más y más pequeña.
Has vuelto. No sé cómo, pero has vuelto a remover el mar y el cielo, me has dejado ahogándome en un océano en mitad de la noche y como bien sabes yo siempre sentí pavor por las profundidades.
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