
El santuario
¿Sabéis lo que es ir tras una idea, un proyecto, una ilustración a punto de terminar y de darle las últimas capas, las últimas pinceladas?
Pues eso es precisamente El santuario.
Y no es un lugar de paso.
Aquí no se entra con prisa.
Tampoco se entra para consumir
y salir de forma automática.
El Santuario es un lugar habitado.
Es un espacio vivo donde la creación nace del silencio,
del cuerpo que observa,
de la mano que escucha antes de trazar,
de la mente que necesita respirar antes de pensar,
de las emociones que no se reprimen y se aman tal
y como son; esenciales, vitales y únicas.
Porque aquí, aquí el tiempo no empuja.
Aquí las cosas crecen cuando están listas.
Aquí las raíces son las siguientes.


Las raíces
visión · origen · sentido
Como todo buen árbol, o como todo buen injerto,
éste necesita un origen que lo enraíce y lo arraiga
a la tierra, al agua, a los nutrientes y a los beneficios
que se esconden tras la oscuridad, tras la sombra.
Esos son los que hacen que toda integración,
toda asimilación, aceptación y apreciación
hacen que crezca, que engorde, que se expanda
y alcance el aire que tanto ansía.
Ese arraigo, ese sosiego, esa capacidad de adaptación
es parte de un proceso que donde lo superfluo se disuelve
en el agua y en la marea que calma.
Y ahí donde las raíces recogen experiencia, el silencio,
la memoria, la emoción, la magia y la intuición
se trasforman, trasmutan, se bifurcan, se propagan
y se ensanchan a lo largo del manto para llegar al núcleo
más interno, más profundo, más austero y más íntegro
para dar paso a un tronco que asciende y surge
de la comprensión y la aceptación.
El tronco
misión · práctica · presencia
Y de ese crecimiento, de la raíz, del tiempo, del espacio
de los nutrientes y los vacíos nace lo más tosco,
lo más esencial.
El tronco es el sostén.
Es la coherencia que se anida.
Es la presencia que no se contiene.
Es el amor que se aloja en cada pizca de dermis.
Es la consciencia habitada entre el ser y el no ser.
Aquí habita la práctica, coexiste el plano y la perspectiva,
la ilustración como acto natural del alma
como parte contemplativa de la vida.
Aquí cohabita la palabra como gesto cuidadoso,
como esperanza de creencia, de cualidad innata.
Y la voz nace como ese mismo tronco que asciende
tras la tierra, emerge como entidad única.
La voz es el hilo que acompaña, la guía que nos eleva
la naturaleza más pura y más cruda del cuerpo y el alma.
Todo lo que en este santuario se crea pasa primero por el cuerpo, por la piel, por la vista, por la escucha, incluso
por la voz, esa que va a un ritmo que no se impone que no corre y que permanece.
Y que dan forma a las ramas, a las hojas y a los frutos.


Las ramas
expansión · manifestación · encuentro
Esas renacen de entre las sombras, surgen a través del tronco habitado, alimentado, aceptado, integrado y amado
y surgen en soledad, en expansión y en dirección.
Las ramas nunca fuerzan su orientación,
fluyen por el espacio como enredaderas de un todo
y se abren hacia un lugar en donde la infinidad de
opciones, posibilidades y recursos se abrazan con calma
con la paz que el corazón anhela, con el aire
que los pulmones ansían.
Y tras ello, detrás de cada recoveco que encuentra
su lugar en el espacio y en el tiempo,
nacen las ganas, el arte, las ideas,
los proyectos, los textos, la voz,
los encuentros y las conexiones que elevan y crean.
Porque todas esas ramificaciones diferentes entre sí
comparten la misma savia, el mismo origen,
aunque se separen de forma momentánea
vuelve a reencontrarse para integrarse y amarse.
Por eso amanecen las hojas, por eso nacen los frutos.
Hojas y frutos
valores · cuidado · permanencia
Porque de entre el amor, la respiración,
la consciencia y la permanencia
se crean, se dibujan y se forman como
una extensión más de ese proceso evolutivo.
Cada hoja, cada fruto,
guarda la huella del camino recorrido.
De la duda, del miedo, de la espera,
de la paciencia, de la elección consciente,
del amor no perdido.
Y del alma que abraza de forma innata
a una sombra
que se desvanece
tras una verdad demasiado imperfecta.


El santuario
Eiquia este año se ha reconvertido.
Ha encontrado un lugar,
un espacio en donde bajar el ruido.
En dónde habitar desde la calma,
desde la quietud, la lentitud,
desde el alma, desde el amor
más imperecedero.
Es un lugar en donde se reconecta
con el proceso creador,
con el acompañamiento interno,
vital y esencial.
Si has llegado hasta aquí, si mis palabras y mi espacio
te han llegado, bienvenido/a al santuario.
Puedes quedarte para respirar, para habitarlo,
para conocer, para conocernos,
para sentirnos y compartirnos.
Sigue las publicaciones, notas de voz y artículos de El Santuario